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21 August 2016 @ 01:08 pm
"Little Talks" #5 - Nepheron  
Título: Nepheron
Colección: Little Talks
Fandom: Mass Effect
PoV: Tali'Zorah nar Rayya
Misión: Los Perros de Hades
Contexto: Tras Feros y Noveria, antes de Virmire. Habiendo completado del tirón todas las misiones secundarias concernientes a Cerberus, pero antes de llegar a Ontarom.
Palabras: 5.334




Little Talks: Nepheron


A pesar del rumor del motor de la Normandía, el silencio en la sala de máquinas seguía siendo demasiado espeso para Tali. Los ingenieros del turno de noche acababan de irse a acostar y la mayoría de los relevos todavía estaban arriba, desayunando. Sólo ella y otra compañera llamada Monica se habían incorporado ya a sus puestos, cada una a un lado de la terminal del ingeniero jefe Adams. De hecho, Monica aún sostenía una taza de ese brebaje oscuro que los humanos llamaban café, y sus constantes bostezos eran lo único que rompía la quietud, marcando el ritmo de las pulsaciones del motor. Pero no era suficiente. La atmósfera oprimía, y Tali tenía la sensación de que el brazo izquierdo en el que portaba su omniherramienta comenzaba a pesarle cada vez más.

Apenas había dormido. Una pequeña parte de sí misma insistía en que eran los nervios por todo lo que estaba ocurriendo y todo lo que estaban averiguando. La adrenalina de estar cada vez más cerca de su destino, de descubrir la verdad, de los geth, de Saren, del Conducto… del final de toda aquella aventura. Lo que estaba viviendo a bordo de la Normandía le había dado un giro radical a su vida, quizá no pudiera valorarlo con proporción hasta que volviera a casa y lo analizara todo con calma en retrospectiva. Pero, por debajo de ese barullo, se asentaba la certeza de que esta inquietud era diferente. Mucho más definida y concreta. Una respuesta a la conversación que había mantenido con Shepard el día anterior, al volver de Nepheron.

Era extraño pensar que, después de todo lo ocurrido en Feros y en Noveria, la tensión que se cernía sobre ellos hubiese estallado definitivamente por culpa de una pequeña misión que no tenía nada que ver ni con Saren ni con los geth. Pero el cúmulo de Mar Castaño había puesto a prueba sus nervios. Los experimentos de ExoGeni habían sido un duro revés para el orgullo humano. Y Tali se había dado cuenta enseguida de que la incursión en Chasca no era una más. Lo había notado en el gesto adusto de Shepard, mientras se preparaban para bajar a tierra.

—¿Cuál es la situación, comandante? —había preguntado Ashley, al tiempo que terminaba de sellarse la armadura.

—¿Recuerdas ese mensaje que interceptamos en Feros, sobre un doctor preocupado por unas muestras que le habían enviado a una organización sospechosa? —respondió Shepard secamente—. Pues aquí estamos. Echemos un vistazo en la colonia, a ver qué encontramos. Y crucemos los dedos para que no sea lo mismo que en Nordacrux.

Aquello había bastado para revolverle el estómago a Tali. Porque, aunque no había participado en la expedición de Nordacrux pocos días antes, todavía tenía muy fresco en la memoria lo que la Thorian era capaz de hacerle a las personas.

Sin embargo, no fueron zombis lo que encontraron en Chasca, sino cascarones. Una colonia entera empalada y transformada, como las historias que le habían contado los demás sobre Eden Prime. Y, como si el fantasma de aquel desastre acabara de materializarse ante ella, Ashley palideció de ira y bombardeó a aquellos monstruos con los dientes apretados y los ojos llameantes.

Tali había pasado ya suficiente tiempo con ella como para saber que sólo había dos cosas que la sacaran de quicio aún más que el propio Saren: los geth y los cascarones.

—¡Joder! —bramó la jefa de artillería, perdiendo la compostura—. ¿Eso es lo que ha hecho aquí ExoGeni? ¿Experimentar con toda la maldita colonia? ¡¿Es que no tenemos bastante ya con los geth, que también tenemos que aguantar que nuestra propia gente haga esta mierda?!

—No son nuestra gente —escupió Shepard, deteniendo el Mako cerca de una de las estructuras civiles—. Quien sea que se dedique a hacer esto ha perdido lo que tuviera de humano. —Un denso silencio siguió a sus palabras y, por unos segundos, ninguna de las tres se movió—. ¿Estás bien, Ash? —añadió al final, más suave.

Ésta respiró hondo, haciendo un evidente esfuerzo por tranquilizarse.

—Sí, comandante. Lo estoy.

—Bien. Manteneos centradas. Vamos allá.

Explorar la colonia sólo confirmó lo que ya sospechaban. Cero supervivientes. Pero, cuando Shepard logró recuperar los datos sobre lo ocurrido allí de una de las terminales de la instalación científica, su gesto volvió a endurecerse. Fue entonces cuando Tali comprendió que había algo más. Algo que Shepard no les había contado.

—Cerberus… —masculló entre dientes, rígida por la tensión.

Cerró con fuerza los puños, temblando; y, para sorpresa de sus compañeras, le asestó un puñetazo tan violento a la terminal que estuvo a punto de abollarla.

—¡Shepard! —exclamó Tali, brincando—. ¿Qué sucede?

—¿Cerberus? —inquirió a su vez Ashley, frunciendo el ceño con incomprensión.

Pero la comandante ya caminaba a zancadas hacia la salida, gritando por el intercomunicador.

—¡Joker, ven a recogernos! ¡Ahora!

—Sí, comandante. Ha sido rápido esta vez, ¿es que no…?

—¡Dile a Pressly que prepare la ruta al cúmulo Voyager! ¡Quiero que lleves la Normandía hasta el relé más próximo lo más rápido que puedas, en cuanto nos saques de aquí!

Fue inútil insistir. Shepard no volvió a abrir la boca hasta que el Mako estuvo asegurado de nuevo en la cubierta de carga. Incluso entonces, se limitó a sacudir la cabeza cuando Garrus le preguntó qué había ocurrido. Sólo saltó fuera del vehículo con más ímpetu del acostumbrado y se encaminó hacia el ascensor.

—¡Ash, ve a por el teniente Alenko y reuníos conmigo en mi camarote dentro de cinco minutos! Los demás, tomaos un descanso y preparaos para el salto. Vamos camino a Yangtze.

Ashley la siguió al trote y ambas desaparecieron tras las puertas del ascensor, dejando el lugar sumido en un incómodo silencio. Garrus se volvió hacia Tali con gesto interrogante. Wrex también se incorporó y se acercó a ellos. De modo que la joven quariana procedió a explicarles lo sucedido en Chasca.

—Se suponía que ExoGeni estaba implicada de algún modo —concluyó—, pero parece ser que sólo proporcionó las muestras. Los verdaderos responsables fueron… no sé, un grupo llamado Cerberus o algo así.

Ante aquel nombre, sus compañeros intercambiaron una mirada, en un inesperado gesto de comprensión muda.

—¿Cerberus? —musitó Garrus—. ¿No fue esa organización la que mencionó Kahoku?

Wrex gruñó y soltó una maldición entre dientes.

—¿Qué? —insistió Tali, inquieta—. ¿Qué es lo que pasa? ¿De qué rayos habláis?

Y el krogan le lanzó una mirada que la dejó estática.

—Para ser alguien tan interesado en las buenas historias, pareces prestar poca atención a las que no están saliendo de tu boca, pequeña. Cerberus es una organización criminal. Ese almirante Kahoku los estaba investigando por considerarlos responsables de la muerte de sus hombres y le envió información a Shepard al respecto. ¿Recuerdas al menos que estuvimos buscando a los hombres de Kahoku, en Artemis Tau?

Tali abrió la boca y la volvió a cerrar, a pesar de que ninguno de ellos podía verlo a través del casco.

—Pero… ¡Artemis Tau fue uno de nuestros primeros destinos! ¡Estuvimos allí hace semanas!

—Exacto. —Garrus giró el rostro hacia Wrex, cruzándose de brazos—. Quizá ella pensó que el asunto no era tan urgente y ahora se ha preocupado al ver lo que han hecho en Chasca.

—No. —Wrex dirigió un vistazo hacia el ascensor—. No creo que lo haya retrasado por eso. Enfrentarse a los fantasmas del pasado siempre es peligroso y Saren debe ser su prioridad ahora. A Shepard no le gusta salirse de la ruta, ¿verdad? Y mucho menos por una venganza personal.

—¿Venganza personal? —inquirió Tali, sin comprender, y se ganó otra de las ásperas miradas del mercenario.

—Shepard sospechaba que lo ocurrido a los hombres de Kahoku podría estar relacionado con lo que sucedió en Akuze. De ser así, también habría sido obra de Cerberus.

Akuze. Tali se envaró, sintiéndose enferma de repente.

—Eso es… es… —balbuceó—. ¿Cómo sabes tú eso?

—Estuve con ella en Edolus cuando encontramos a los marines muertos.

—¿Garrus? —Tali se volvió hacia el turiano, que esquivó su mirada.

—Yo la acompañé cuando fuimos a darle la noticia a Kahoku, en la Ciudadela.

—¿Así que todos lo sabíais menos yo? —Un sentimiento extraño comenzó a burbujear en la boca de su estómago—. ¿Desde hace cuánto tiempo tiene esa información? ¡Ha puesto rumbo al cúmulo Voyager, eso está al lado de Beta Aticano! ¡Podríamos haber ido a investigar cuando estuvimos en Feros, sin necesidad de desviarnos de la ruta!

—Ya, el problema es que, cuando estuvimos en Feros, Shepard decidió desviarse hacia otro sitio —atajó Wrex, adoptando un tono que no le gustó nada—. ¿Te falla la memoria otra vez, Tali?

Ella enmudeció. La Nebulosa Armstrong. Cuando abandonaron Beta Aticano, se dirigieron a la Nebulosa Armstrong. Hacia los puestos de avanzada geth.

—Yo no le pedí a Shepard que fuéramos allí —barbotó en el acto, cediendo a una irracional necesidad de justificarse.

—Yo no he dicho que lo hicieras. —Wrex ladeó la cabeza, escaneándola con los ojos entornados—. Pero te vino muy bien la expedición, ¿no es cierto? Conseguiste el regalo de tu peregrinaje. ¿No es eso de lo que estás hablando todo el tiempo? ¿No le habías repetido a Shepard ya cien veces lo importante que sería para ti conseguir información sobre los geth para llevarla de vuelta a la Flotilla?

—Seguramente la comandante consideró prioritario encargarse de esa invasión, por el bien general —intervino Garrus con rapidez, conciliador, aunque seguía sin mirar a Tali a la cara—. El problema es que tuvimos que limpiar cinco sistemas y perdimos demasiado tiempo allí, y la situación en Noveria también era urgente, y…

—¡No me hagas reír! —exclamó Wrex abruptamente—. ¡Todo es urgente siempre, ¿me equivoco?! ¡Para el Consejo es Saren, para la Alianza son sus millones de problemas aquí y allá! ¡Estamos hablando de la mujer que pierde el culo por complacer a todo el mundo! ¡La que aterrizó en un planeta perdido en Argos Rho para buscar una reliquia perteneciente a mi familia! ¡La que se pasó días rastreando la nave del fugitivo al que llevabas años persiguiendo! —Le clavó un dedo a Garrus en el pecho para enfatizar sus palabras—. ¡La que invirtió una semana entera en combatir geth para que la niña pudiera recabar información para su gente! ¡Y ella tiene desde hace un mes datos vitales que podrían resolver lo que le sucedió en Akuze, pero lo ha ido dejando y dejando porque ninguno de nosotros ha movido un dedo para decirle que sus asuntos también son importantes!

Nadie fue capaz de responder a aquello y los tres volvieron a sus puestos, Wrex refunfuñando, Garrus taciturno y Tali con un nudo en la garganta.

Cuando se encontraron por primera vez en aquel cochambroso callejón de la Ciudadela, Tali no tenía la menor idea de quién era la comandante Shepard. Gajes de ser quariana. Para ella, Shepard era simplemente una soldado de la Alianza con un evidente prestigio, involucrada en una importante investigación. Apenas una hora después de conocerse, el Consejo ya le había concedido el título de espectro. Cuando abandonaron la Ciudadela, la invitó a formar parte de su tripulación con más amabilidad de la que jamás habría podido imaginar. Desde entonces le había demostrado, por activa y por pasiva, que no sólo era una líder muy capaz, sino también una gran persona. ¿Qué más iba a necesitar saber?

No fue hasta su segunda visita a la Ciudadela, tras rescatar a Liara en Therum, cuando Tali comprendió lo mucho que ignoraba en realidad. Wrex y ella acompañaban a Shepard en su habitual búsqueda de suministros y, mientras deambulaban por los mercados, se toparon con aquel fanático llamado Verner. Tali no lo había visto nunca, pero supuso que no era la primera vez que se lo encontraban, porque la incomodidad de la comandante saltaba a la vista. En una escena increíble, Verner pidió su intercesión para que lo nombraran espectro a él también. Y entonces dijo algo que la desconcertó por completo.

—Sé que te cuesta mucho confiar en la gente desde que perdiste a tu equipo en Akuze, pero yo nunca te defraudaré…

Akuze. No era la primera vez que lo oía mencionar, porque Akuze estaba ligado a Shepard, casi de la misma forma en que los quarianos quedaban ligados al nombre de su nave. Ella no sabía qué era ni qué significaba, pero siempre había dado por supuesto que se trataba de alguna batalla humana de trascendencia. En la Normandía se rozaba el tema con cautela, sin dar explicaciones, y ella tenía demasiadas cosas en la cabeza como para dedicarse a investigar. Pero las palabras de Verner la impactaron. Quiso preguntar, pero la cara que puso Shepard ante el comentario bastaba para disuadir a cualquiera. Y, en cuanto se libraron del ansioso fan, el propio Wrex se encargó de cambiar de tema en el acto, como si pudiera ver en la comandante algo que a Tali se le escapaba.

—Has sido demasiado paciente con ese imbécil. Yo le habría pegado un puñetazo hace ya tiempo.

—Y ésa es la razón por la que nadie le pide autógrafos a un krogan —bromeó en respuesta Shepard, relajándose y alzando una ceja hacia él.

Wrex rio entre dientes y le devolvió la pulla. Mientras bajaban las escaleras a los mercados inferiores, un velo se corrió tácitamente sobre el asunto, y Tali apretó los labios, dejándolo estar. Sólo salió de dudas cuando estuvo de vuelta en la Normandía e hizo una rápida búsqueda en Extranet, llamándose idiota a sí misma por no haberlo hecho antes.

Jamás se le habría ocurrido considerar que a Shepard le costase confiar en la gente. De hecho, en ocasiones parecía pecar de exceso de confianza. Tali no estaba sorda y sabía de sobra lo que opinaba cierto sector de la tripulación sobre la presencia de alienígenas en la nave. A muchos les costaba entender que la comandante hubiese recibido con los brazos abiertos a gente como Garrus, Wrex o Liara. Pero Shepard parecía haber hecho oídos sordos a todo aquello. Había intercedido por cada uno de los miembros de su nuevo equipo, esforzándose por limar asperezas entre ellos y hacerles la vida más fácil allí. Siempre se había mostrado cercana y accesible, preocupada por su bienestar.

Sin embargo, aquel día, con el artículo sobre la tragedia de Akuze ante sí, no pudo evitar preguntarse si, en cierto modo, Verner tendría razón. Porque Shepard los había acogido bajo su ala, pero también mantenía las distancias. Se preocupaba por ellos, pero no permitía que nadie se preocupara por ella. Se interesaba por sus vidas y sus historias, pero nunca hablaba de sí misma. Y bajo su simpatía y su amabilidad había un grueso muro tras el que parecía estar atrincherada, tornándola paradójicamente invisible incluso ante los que la habían colocado en un pedestal.

¿Era ésa la razón de que hubiese elegido el camino fácil, como decía Wrex? ¿La razón por la que se había acomodado, colgándose a ella sin preocuparse demasiado por lo que pudiera sentir? ¿En serio había sido ésa su actitud a lo largo de aquel viaje?

Durante el tiempo que tardaron en llegar a Yangtze, Tali se había sumido en sus pensamientos, repasando todo lo vivido junto a ellos, intentando poner en orden sus ideas. Y sus recuerdos habían terminado recayendo en el día que Ashley, Shepard y ella aterrizaron en Eletania para cumplir uno de los encargos del almirante Hackett. Aquella estúpida sonda cuyo módulo habían robado unos pyjaks. La incredulidad y las quejas iniciales. La forma en que la expresión imperturbable de Shepard se había ido rompiendo poco a poco.

Y las carcajadas en las que terminó estallando mientras correteaban detrás de esos malditos primates.

—¡Venga ya, comandante! —rezongó Ashley, fulminándola con la mirada—. ¡No me digas que esta porquería te hace gracia!

Shepard se rio aún más fuerte, encogiéndose sobre sí misma, hasta que sus ojos se llenaron de lágrimas.

—¡Ésta es la cosa más absurda que he tenido que hacer en mi vida! —exclamó, sin aliento—. ¡El trabajo de espectro acaba de perder todo su glamour! Ya no vais a poder fardar de vuestro servicio en la Normandía, a quien le contéis que nos dedicamos a hacer esto… —Y sus carcajadas se redoblaron, ahogando su voz por completo.

—¡Ésta es una de esas historias que no pienso contar a nadie! —protestó Ashley.

Pero, al segundo siguiente, ella también se sacudía por un ataque de risa floja. Tali se encontró a sí misma de repente partiéndose de risa a su vez, cediendo a lo ridículo de la situación. Durante un buen rato, quedaron incapacitadas, derrumbándose entre un montón de estupefactos pyjaks.

Las tres habían luchado en Feros pocos días antes, y aquella expedición fue una especie de catarsis para ellas, liberando la tensión acumulada. Disfrutaron como crías yendo de colonia en colonia, persiguiendo monos, riéndose, bromeando, sacando fotos, grabando videos. Y, cuando Shepard condujo el Mako hasta una meseta elevada, esperando la llegada de la Normandía para recogerlas, tuvieron un último momento de tranquilidad, contemplando el atardecer con el hermoso paisaje de Eletania a sus pies.

En aquel instante, Tali tuvo el intenso pálpito de que el vínculo que estaban creando iba más allá que el de simples compañeros de armas. Después de lo accidentado que había sido el inicio de su peregrinaje, del miedo, del peligro, de las pérdidas, de la soledad… ahora se encontraba ahí, sintiéndose el centro del universo, protagonista de la aventura, partícipe de la Historia, parte de algo enorme y magnífico, rodeada de amigos.

Amigos.

—Ojalá todos los encargos del almirante fueran como éste —dejó escapar con un hilo de voz, con el corazón en un puño.

Shepard giró el rostro hacia ella y sonrió, dedicándole esa mirada que parecía capaz de atravesar el cristal ahumado de su casco. Comprendiéndola.

—Y que lo digas —susurró.

—Estáis de coña, ¿no? —replicó Ash, aunque la sonrisa permanecía en sus labios y su rostro reflejaba paz y serenidad.

Volvieron a reír, contentas. Shepard colocó cada mano en un hombro de sus compañeras, estrechándolas levemente en un gesto de afecto. Y, por primera vez en mucho, mucho tiempo, Tali se sintió feliz. Más de lo que recordaba haber estado nunca, con los ojos húmedos de gratitud y emoción.

Era muy fácil tornarse dependiente de Shepard. Con cada día que pasaban a bordo de la Normandía, cada misión, cada pequeña tarea, cada ridícula anécdota, Tali era más y más consciente de que ese extraño don que tenía para hacer sentir importantes y valiosos a los que la rodeaban no sólo la había deslumbrado a ella, sino también a Garrus, a Ashley, a Kaidan, a Liara… e incluso a Wrex.

—Tiene la cabeza donde hay que tenerla —le dijo éste una vez, durante una misión—. Juzga a la gente por lo que vale, no por los errores que haya podido cometer.

—Es la primera vez que un superior confía en que puedo hacer las cosas bien —le confesó Garrus una noche, hablando del tema.

—Nunca antes había estado a las órdenes de alguien que viera más allá de mi apellido —le confirmó también Ashley otro día, mientras compartían unas copas tras la cena.

—Cuida de ti sin que notes que lo está haciendo, pero jamás te trata como a un inútil —concluyó Kaidan, en una ocasión en la que los dos estaban reparando una consola.

Bastaba un simple vistazo para comprobar que todos compartían algo muy concreto: eran unos renegados. El krogan visionario que había tenido que dar la espalda a su sociedad, el turiano que no encajaba en los cánones de su especie, el biótico humano que se sentía un monstruo, la valiente marine que cargaba con el estigma familiar, la arqueóloga asari tan asocial que había preferido refugiarse en civilizaciones muertas antes que relacionarse con los vivos… y ella, la quariana que había abandonado su hogar por primera vez y tenía que bregar con el rechazo del resto de la galaxia. Todos estaban fuera de lugar de una forma u otra, sintiéndose perdidos, y a todos les había ofrecido Shepard un hogar en la Normandía, algo a lo que agarrarse y poder pertenecer.

¿Pero y la propia comandante? ¿Qué era ella? ¿Cuáles eran sus demonios? ¿Por qué no había luchado también por derribar sus muros? ¿Qué significaba para ella la Normandía o todos ellos?

¿Cómo era posible que hubiese dejado pasar tanto tiempo sin preguntárselo?

Shepard no la llevó consigo cuando llegaron a Binthu. Eligió a Garrus y a Ashley, que cerraron filas en torno a ella con más ferocidad de la habitual. Pero Tali estuvo en la cubierta de carga para despedirlos, antes de que Joker soltara el Mako en tierra; y pudo ver que, a pesar de su gesto pálido, la determinación brillaba en sus ojos. Una determinación diferente, más personal e íntima, que la hizo parecer más fuerte que nunca.

Tardaron muchas horas en regresar. Nada más pisar de nuevo la nave, Shepard ordenó poner rumbo al sistema Columbia, se encerró en su camarote y nadie más volvió a verle el pelo. Fueron sus acompañantes quienes se encargaron de dar el parte a los demás, con voces secas y contenidas.

—Rachni, zombis de la Thorian… —murmuró Garrus, sacudiendo la cabeza—. Estaban haciendo experimentos con cualquier aberración que podáis imaginar.

—Hemos encontrado a Kahoku en una de las instalaciones —añadió Ashley, con la quijada rígida—. Bueno… su cuerpo, más bien. Con signos de tortura.

—¿Algo sobre Akuze? —inquirió Wrex.

—No. Pero parece ser que tienen una base central en Nepheron. Shepard quiere que la asaltemos en cuanto lleguemos.

Fueron horas oscuras y tensas para todos. Mientras Shepard, Ashley y Garrus volvían a descender en Nepheron, Tali permaneció estática ante su terminal, incapaz de trabajar o pensar en nada, constantemente pendiente del tiempo que pasaban en tierra. Y, cuando todo terminó y ellos volvieron, la inquietud pareció congelarse, como el simple malestar que flota aún en el espíritu tras despertarse de un mal sueño.

No hubo más información. Nada quedó aclarado. Todos regresaron a sus puestos y, tras hablar con Pressly y establecer la nueva ruta, Shepard desapareció otra vez en el interior de su camarote. Hasta que Tali oyó repentinamente su voz a través del intercomunicador, con un deje extraño.

—Tali, hay un asunto que me gustaría discutir contigo. ¿Puedes subir un momento?

Ella estuvo a punto de saltar hacia las escaleras.

—Ahora mismo, Shepard.

No supo muy bien qué la impulsó. Nervios, remordimientos, ansiedad, la necesidad de ayudarla. Las palabras de Wrex no dejaban de dar vueltas por su cabeza, martilleándole el cerebro y atenazándole el estómago. Quizá por eso se quedó también petrificada cuando cruzó el umbral y se la encontró dando vueltas por el cuarto, frotándose las manos y los brazos con un aspecto tan agitado como el de ella misma.

—Gracias —musitó, a modo de recibimiento—. Yo… no sé muy bien cómo pedirte esto. Ante todo, no quiero que te sientas obligada a…

—Shepard —atajó Tali, más brusca de lo que pretendía—, dime qué necesitas. Haré lo que sea.

Ella la contempló durante unos segundos, contrayendo el ceño, y se detuvo por fin con un resoplido, apoyándose en la mesa y cruzando los brazos.

—Hemos recuperado un paquete de datos en la base de Nepheron —explicó en voz baja, con la vista fija en el suelo—. Sobre esa organización, Cerberus. Dada la importancia de esta misión, pueden considerarse archivos clasificados de la Alianza. Los he enviado al Alto Mando, pero… también me he quedado con una copia. El problema es que su nivel de encriptación está por encima de mis capacidades. Y me gustaría que me ayudaras a descifrarlos.

Tali se la quedó mirando con la boca abierta, pero Shepard debió malinterpretar su estatismo, porque volvió a removerse con incomodidad.

—Sí, esto no es algo demasiado legal, así que entenderé que prefieras no involucrarte. Es sólo que… —Suspiró, llevándose los dedos a la cicatriz que le partía la ceja—. Se ha puesto en contacto conmigo un agente del Corredor Sombrío, interesado en comprar la información. Me he negado, pero ha dicho algo en lo que creo que tiene razón. No estoy segura de que la Alianza vaya a hacer algo con respecto a este asunto. Esto es información confidencial, Tali, pero… Cerberus fue originalmente parte de la Alianza. Algo parecido al GOE de los salarianos o a los propios espectros del Consejo. Se supone que ahora están fuera de control y que actúan por cuenta propia, pero a nadie le gusta airear los trapos sucios. Tal vez se limiten a archivarlo y echar tierra encima. Y yo… necesito saber qué ha estado haciendo esa gente.

—¿Quieres… saber si tuvieron algo que ver con Akuze? —dejó escapar Tali, tragando saliva.

Shepard alzó el rostro para mirarla. Si le había sorprendido que estuviera al tanto de ese detalle, no dio muestras de ello.

—Sí.

—¿Y confías en mí para que me haga cargo de esto?

—Eres la mejor ingeniera que hay en mi equipo. —Shepard frunció el ceño con desconcierto—. ¿En quién iba a confiar más que en ti?

Tali intentó contestar, pero no pudo. La voz se le atascó y tuvo que apretar los dientes para contenerse. Y el gesto de la comandante empezó a teñirse de preocupación.

—¿Tali?

—Me pondré a trabajar en ello de inmediato —barbotó.

—No, no —replicó Shepard, agitando una mano—. No es necesario que te ocupes de ello ahora mismo, tenemos prioridades mucho más importantes, ya habrá tiempo después. Debemos centrarnos en…

—¡Shepard!

Ésta cerró la boca y la miró con los ojos muy abiertos, sorprendida por su repentino estallido. Pero Tali no lo había podido evitar. Como tampoco podía evitar el temblor que la sacudía de pies a cabeza y la tensión que le agarrotaba el cuerpo. Le bullía la sangre e hizo un enorme esfuerzo por evitar que la situación se le escapara de las manos. Pero fracasó.

—¿Por qué has hecho esto? —exclamó entonces con voz ahogada—. ¿Por qué… por qué no vinimos antes a Voyager a investigar a esta gente? ¿Por qué estuviste tanto tiempo fingiendo que no pasaba nada? ¡Si es importante para ti, también lo es para nosotros! ¡Tú siempre has antepuesto nuestros intereses! ¿Creías que no haríamos lo mismo? ¿Es que no sabes lo que significas para nosotros? ¡Todos haríamos lo que fuera por ti!

Sólo cuando el silencio cayó sobre ellas como una losa comprendió Tali lo que acababa de decir y se mordió con fuerza el labio, reprochándose un espectáculo tan sentimental. Retrocedió un poco y desvió el rostro, avergonzada, pero no tuvo fuerzas para retractarse. Ni lo hubiese hecho, aunque las hubiese tenido.

—Lo sé —musitó Shepard, y Tali alzó la vista rápidamente hacia ella. Bajo aquella luz, parecía más pálida y ojerosa, más demacrada que nunca. Pero también más serena que antes—. Precisamente por eso decidí dejar aparcado este asunto.

—¿Qué? —jadeó ella, confusa.

Con otro hondo suspiro, Shepard se incorporó y comenzó a pasearse de nuevo, dándole la espalda.

—Lo que ocurrió en Akuze fue hace muchos años —empezó quedamente—. Y, sin embargo, a veces todavía siento que sigue respirándome en la nuca. Hasta hace un par de meses, no me había dado cuenta de lo mucho que aún me condiciona. Pero eso es algo que debe terminar. Las cosas ahora son diferentes. —Hizo una pausa, echando un vistazo alrededor—. Wrex cree que lo que quiero es venganza, pero está equivocado. Lo que quiero es cerrar este capítulo de una vez por todas. Quiero comprender y olvidar. Que no siga fastidiándome la vida. Ya no. —Lentamente, se volvió a medias y la miró a la cara—. Quizá no seas del todo consciente de lo que vosotros significáis para mí. Pero confiaba en que tú, sobre todo tú, comprenderías, Tali. Al fin y al cabo, las dos nos hemos criado casi de la misma manera.

Y Tali comprendió.

Sí, criadas de la misma manera. En el espacio, entre las estrellas, donde la nave es tu hogar y la tripulación, tu familia. Como los quarianos. Después del fracaso, la pérdida y todas las dificultades derivadas de Akuze, podía empezar de cero en otra nave y seguir adelante.

—¿Tenías miedo? —murmuró, sosteniendo su mirada—. De que investigar el pasado pudiera estropear tu presente, quiero decir.

—Creo que sí —contestó Shepard, con una triste sonrisa—. Akuze ya tiene más peso en mi vida del que me gustaría.

Enfrentarse a los fantasmas del pasado siempre es peligroso —añadió Tali, citando a Wrex—; pero ninguno de nosotros habría permitido que esto te arrastrara. Estamos contigo, comandante. Para lo bueno y para lo malo.

No supo si fueron imaginaciones suyas, pero tuvo la impresión de que a Shepard le brillaban los ojos. Apretando los labios, se acercó a Tali y desplegó su omniherramienta para transferirle los datos encriptados. Ella observó cómo se iluminaba su propio brazo izquierdo, almacenando la información, y cerró con fuerza el puño para llevárselo al pecho.

—Descubriremos qué ha estado haciendo Cerberus —masculló con determinación—. No te defraudaré, Shepard. Confía en mí.

Ésta sonrió con sincero agradecimiento y tomó sus manos entre las suyas para estrecharlas.

—Gracias, Tali. De verdad.

Y ella le devolvió el apretón, asintiendo.

Monica bostezó una vez más, trayéndola de vuelta bruscamente al presente, a la sala de máquinas casi vacía y al núcleo de la Normandía… sólo para comprobar que se había quedado absorta contemplándose el brazo, con el puño tan apretado como la noche anterior.

Maquinalmente, desplegó la omniherramienta, pulsó varios comandos y accedió a sus archivos personales, abriendo la última foto que se habían hecho las tres en Eletania, apiñadas ante la cámara. Su propio rostro no aparecía en la imagen, por supuesto, pero la sonrisa de Tali en aquel momento había sido tan amplia como la de Ash y la de Shepard. Sé que te cuesta confiar en la gente desde que perdiste a tu equipo en Akuze, había dicho Verner, y tal vez al empezar el viaje había sido así. Pero ya no. Ahora lo comprendía. Recibir el mando de la Normandía había supuesto para Shepard el final de su particular peregrinaje. Le había dado la oportunidad de comenzar a crear una familia nueva y dejar el pasado atrás por fin. Lo veía en su evolución, en su cambio de actitud hacia todos ellos. En la melancolía que había dejado de nublar sus ojos. En la forma en que había estrechado sus manos con fuerza la noche anterior.

Ella no estaba fuera de la red de vínculos que había tejido para reforzar al grupo; era el núcleo que los mantenía unidos. Sus carcajadas en Eletania habían sido las de una mujer libre. Así que tal vez ellos, sin darse cuenta, sí que habían logrado derribar sus muros, después de todo.

Quizá Shepard tuviera razón. Quizá tuvieran muchas otras prioridades de las que ocuparse. Los datos que habían rescatado de las incursiones contra los geth aún estaban a medio desencriptar en esa misma omniherramienta, y tal vez pudieran aportar alguna nueva luz sobre los planes de Saren. Pero a ellos aún les quedaba una parada más antes de llegar a Virmire y retomar el rastro de su misión principal. Shepard quería investigar una transmisión sospechosa interceptada en Noveria que apuntaba hacia el Confín de Kepler. Ahora mismo, tenía tiempo de sobra. De modo que frunció el ceño, cerró la galería de fotos y comenzó a analizar el código de Cerberus.

Shepard había convertido la Normandía en un hogar y nadie podía comprender la importancia de aquello mejor que los quarianos. Pero no le había pedido nada a cambio de integrarla en aquella familia. No había tenido que demostrarle nada, como habría ocurrido con cualquier almirante de la Flota Nómada. Si alguien merecía realmente un regalo era ella. Y Tali se encargaría de ofrecerle el mejor que pudiera conseguir, antes de que todo acabase.
 
 
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