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28 August 2016 @ 02:55 pm
"Little Talks" #6 - Ontarom  
Título: Ontarom
Colección: Little Talks
Fandom: Mass Effect
PoV: Shepard
Misión: Doctor en peligro/Científicos muertos
Contexto: Justo antes de Virmire, habiendo completado ya todas las demás misiones del juego, principales y secundarias. Sólo a falta de la recta final. Y, como esta vez narra Shepard, os remito de nuevo a la información de su background, por si algo os chirría.
Palabras: 5.485




Little Talks: Ontarom


Hacía calor. Mucho calor. No llevaba el casco. La humedad se le adhería a los pulmones, impidiéndole respirar, pero apenas oía sus propios jadeos por encima de aquel estruendo. El ruido blanco que le taladraba el cerebro a través del intercomunicador.

Trepa, trepa, trepa, no pares de trepar, no pares, no mires atrás, no pares. La vegetación era asfixiante, pero no podía detenerse. Corría, tropezaba, gateaba, agarrándose a raíces y ramas, arañando la tierra con los dedos. Siempre colina arriba. Siempre, siempre.

Dios, cómo odiaba Macapá. Odiaba aquella maldita selva. Macapá, Macapá…

¿Era Macapá?

No.

Era Akuze.

—¡Nnamdi! —gritaba, y oía su voz como si no le perteneciera, rota y sollozante—. Oh, Dios mío… ¡Nnamdi! ¿Puedes oírme? ¡Dime que estás ahí, por Dios! ¡Nnamdi! ¡Angelo! ¡Yaling!

La sangre le cegaba el ojo derecho y las lágrimas, el izquierdo. El pelo enmarañado le caía sobre la cara. No veía nada. Pero sabía que no quería ver.

—¡Comandante Dircks! —aullaba—. ¡Comandante! ¡Aquí la teniente Shepard! ¡Por favor, responda! ¿Hay alguien ahí? ¡Por favor! Por favor…

Se arrastraba a través de unos arbustos y de repente estaba en un amplio claro y el cielo de Edolus rugía sobre su cabeza. Y el suelo estaba lleno de cadáveres y olía a fuego y a sangre y todos llevaban armaduras de la Alianza.

Y todos tenían la cara de Toombs.

Y el ruido blanco crecía y crecía y se convertía en el chillido de las fauces trilladoras, destrozándola, y ella se cubría los oídos con las manos y se derrumbaba, apretando el rostro contra la tierra húmeda, gritando, gritando, gritando sin parar…

Shepard abrió los ojos y se encontró con la mejilla contra el suelo. Pero no uno de tierra, sino de frío metal.

Con el corazón en la garganta y el pulso desbocado, le costó un instante comprender que se había caído de la cama. Su cama, en el camarote del capitán. En la Normandía. En el año 2183. Al intentar tragar saliva para tranquilizarse, se dio cuenta de que también tenía la boca abierta y se preguntó si habría gritado. Joder, esperaba que no. Esperaba que la hubiese despertado el golpe, aunque ni siquiera tenía conciencia de haberlo sentido, en vez de sus alaridos de terror. Los gritos, como cuando estaba en el hospital. El recuerdo de los típicos enfermeros del turno de noche, entrando en su cuarto a la carrera con expresiones alarmadas, bailó ante sus ojos. Y los cerró con fuerza para borrarlo, abrazándose a sí misma y encogiéndose hasta hacerse un ovillo.

No se incorporó hasta que su pulso y su respiración recuperaron un ritmo normal, y aun así le costó un mundo separarse del suelo. La cabeza le pesaba como si estuviera hecha de piedra y todavía le zumbaban los oídos. En un gesto absurdo, se pasó una mano temblorosa por el pelo y la cara, con la intención de comprobar que todo seguía en su sitio, que no había sangre, heridas abiertas o barro. No, no los había. Sólo tenía las mejillas llenas de lágrimas, y se apresuró a limpiárselas, sorbiendo con irritación.

Malditas pesadillas. Mientras se arrastraba de vuelta a la cama, intentó recordar cuándo había sido la última vez que había tenido una así, tan violenta y vívida. Años atrás, tal vez. Hacía mucho, mucho tiempo. Casi se había olvidado de ellas, de cómo agarrotaban el cuerpo, del malestar y las ganas de vomitar. Pero había sido una ilusa al pensar que lo ocurrido aquel día en Ontarom no le pasaría factura, ¿verdad? Sí, claro que sí. Sería un milagro que todas esas cuerdas con las que había mantenido atado en corto a su cerebro durante aquellos años no saltaran ahora por los aires.

Con un suspiro de agotamiento, apoyó la espalda en la pared y se quedó sentada en el colchón, en vez de volver a echarse. Sólo pensar en intentar dormir otra vez le revolvía el estómago, así que desplegó su omniherramienta para consultar la hora, sin demasiado interés. Aún estaban en pleno ciclo nocturno, por supuesto. Qué bien. Pero entonces vio que el icono de mensajes recibidos estaba parpadeando. Se le crisparon los nervios ante la posibilidad de que fuese algún comunicado de la Alianza con respecto a Toombs o al doctor Wayne, aunque se tranquilizó al comprobar que sólo se trataba de su línea de chat privada. Y, tras introducir con torpeza la contraseña, se encontró ante las escuetas palabras de su hermano mayor.

Mamá me ha llamado. ¿Estás bien?


No eran más que unas letras en una pantalla holográfica, pero Shepard tuvo que apretar los dientes y doblarse sobre sí misma para contener la avalancha de emociones que la sacudió. Cuando tecleó la respuesta, los dedos le temblaban.

CEPC



Como el puto culo. Casi le dieron ganas de reír pensando en el tiempo que hacía que no recurrían a aquellos códigos idiotas. Sin embargo, lo único que le trepó por la garganta fue un sollozo y los ojos volvieron a llenársele de lágrimas, a pesar de lo mucho que luchó por combatirlas.

Mike no respondió. Sólo entonces se fijó ella en que le había enviado aquel mensaje hacía horas. Podía estar durmiendo o en el trabajo, no tenía ni idea de qué hora sería en la Tierra en ese momento ni le apetecía consultarlo. De modo que se pasó el dorso de la mano por la nariz, sorbiendo otra vez, y echó la cabeza hacia atrás hasta apoyar la nuca en la pared, con la quijada rígida y los ojos cerrados.

Seis años atrás, cuando la sacaron de Akuze, Mike había embarcado sin perder un segundo y, por primera vez en más de diez años, había salido de la Tierra para ir a verla al hospital militar en el que estaba ingresada. Tardó varios días en llegar. Días que ella había pasado en estado catatónico, aún atenazada por el shock, sin responder casi a ningún estímulo. Incluso la compañía de su madre había sido incapaz de romper aquella burbuja de irrealidad. Pero fue ver a su hermano cruzar el umbral, volver a verlo en carne y hueso, y el hechizo se quebró. Se había abrazado a él como a un clavo ardiendo y había gritado y llorado a lágrima viva, hasta que su cuerpo no pudo más. Todo lo que había bloqueado en Akuze para poder sobrevivir se desbordó entonces como si le extrajeran el pus de una herida infectada. Sólo a partir de ese momento pudo empezar a asimilar lo ocurrido y curarse.

Mike se quedó con ella todo el tiempo que pudo. Dormía a su lado, sosteniendo su mano. Le contaba chistes, la obligaba a pensar en otras cosas. Ella incluso llegó a tener la ilusión de que podría recuperarse por completo y volver a ser una persona normal. Pero cuando Mike regresó a la Tierra, a pesar de los mensajes, el chat, los vídeos, los audios… Shepard sintió que se llevaba con él una parte de sí misma que no iba a regresar jamás. La Jo de los buenos tiempos. La niña que jugaba al escondite por los rincones de los acorazados, la adolescente que se erigió en payasa de la clase gracias a sus imitaciones de los aliens, la cadete que gastaba bromas a sus compañeros en la Academia y siempre estaba haciendo a la gente reír, la soldado que seguía leyendo ciencia-ficción bélica, aficionada al cine alienígena de bajo presupuesto y a las revistas pulp, que se reía a carcajadas cuando la llamaban rara y aún creía que el espacio era un lugar maravilloso lleno de cosas por descubrir.

Mike era el único que podía alimentar esa ilusión de normalidad, porque Mike pertenecía al pasado, igual que aquella Jo. Por eso, cuando él se marchó, ella se dejó enterrar. Porque esa Jo había muerto en Akuze, junto a todos los demás. Era imposible que hubiese salido de aquel infierno, dejando atrás a todos sus compañeros y amigos. Era un insulto, una falta de respeto. Debía morir, al igual que el resto. Y ella debía convertirse en alguien diferente para poder seguir adelante.

"No pienses en eso —se recriminó, apretando los labios—. Hoy no". La nostalgia la consumía. A veces deseaba volver atrás en el tiempo, a aquella época feliz del pasado que su hermano representaba para ella, sin grandes preocupaciones, cuando la vida militar aún era poco más que un ideal abstracto. Antes de la muerte de su padre, antes de Akuze. Pero encontrar a Toombs en Ontarom le había recordado lo que el pasado podía ser en realidad: una enorme bola de mierda que se pegaba a la piel y al alma, y que no te dejaría en paz nunca, hasta que no fueses más que un fiambre.

¿Dónde estaría Toombs ahora? ¿Lo habrían interrogado ya? ¿Y al doctor? ¿Creería alguien algo de lo que dijeran cualquiera de los dos? Suspirando, abrió los ojos y dirigió una cansada mirada a su terminal personal. Todavía no estaba segura de si había cometido un error o no, pero aquel día, al regresar de Ontarom, había cedido a lo que llevaba días rehuyendo: llamar a su madre.

—Mamá, por favor —le había casi suplicado al final, tras una larga conversación en la que le había contado todo, desde Kahoku hasta Toombs—, si pudieras… no sé, estar pendiente de este asunto o mover algunos hilos…

Hannah, cuyo aspecto se había demacrado increíblemente conforme avanzaba la charla, sacudió la cabeza con un resoplido y se recolocó algunos mechones de pelo oscuro que le escapaban del moño.

—Cariño, si te soy sincera, es muy probable que ahora mismo tú estés en mejor posición que yo para mover hilos.

—Tú conoces a más gente y tienes más experiencia y más contactos…

—¿Y crees en serio que eso servirá de algo? —Ella le lanzó una mirada a medio camino entre la disculpa y la frustración, desde el otro lado de la pantalla—. Si el Alto Mando está decidido a tapar algo, lo tapará. Y ni tú ni yo podremos hacer nada por impedirlo.

Shepard se mordió el labio para intentar contenerse, apretándose los puños contra la frente.

—¡Pero ésta podría ser la pista que nos faltaba, el eslabón que lo conecte todo! Si… si consiguiéramos demostrar que Cerberus estuvo detrás de…

—¿Cómo vas a demostrar eso?

—Están los datos que rescatamos en Nepheron, y Toombs me dijo que…

—Y Hackett te dijo que los científicos destinados en Akuze pertenecían a la Alianza, ¿no es así? —Hannah tenía el rostro tan tenso que parecía capaz de quebrarse—. Incluso aunque fuesen miembros de Cerberus, tal vez en aquella época todavía fueran parte de la Alianza. Las dimensiones de este asunto se nos escapan de las manos, es demasiado grande como para…

—¡Lo que ha hecho esa gente es aberrante, mamá! Sus crímenes… sus víctimas…

—Jo, no creas que no quiero justicia, sólo opino que tú no…

Se interrumpió de golpe cuando su hija descargó ambos puños con fuerza sobre el escritorio, haciendo temblar la terminal.

—¡Debí volver, maldita sea! —exclamó Shepard, en un arrebato de agobio.

Durante unos segundos de silencio, Hannah la miró con estupefacción.

—¿Qué?

—¡Debí volver! —repitió, pasándose las manos por el pelo, mirando a cualquier sitio menos a los ojos de su madre. El cuerpo le temblaba cada vez más—. ¡En Akuze! Debí volver atrás y asegurarme de que no quedaba nadie vivo de verdad. ¡Debí asegurarme! Si lo hubiese hecho, tal vez Toombs…

—¡Tal vez te hubiesen atrapado a ti!

—¡Tal vez hubiese podido salvarlo!

—¡Y tal vez hubieses muerto!

Ambas se sostuvieron la mirada durante un momento horrible. Los miedos de ambas se reflejaban en el rostro de la otra, con el peso del trabajo realizado durante esos seis años, el esfuerzo, la lucha, las lágrimas. Se conocían demasiado bien, siempre había sido así. Y, aunque Shepard sabía que su madre rezaba en silencio por que no dijera lo que iba a decir, las palabras se le escaparon sin poder evitarlo, con un hilo de voz.

—Todo ha sido culpa mía…

Hannah cerró los ojos, suspirando.

—Jo, cariño, sabes que no…

—Todo ha sido culpa mía —repitió con brusquedad, hundiendo el rostro entre las manos—. Si yo no…

—Jo…

—… si no hubiese salido huyendo…

—Josephine, ¡MÍRAME!

Shepard reaccionó de un brinco y alzó la vista de nuevo, con los ojos muy abiertos. Hannah se había inclinado sobre su propia terminal, observándola con intensidad. Parecía estar tan cerca como si estuviesen hablando a través de un cristal, y tuvo que reprimir el impulso de posar una mano en la pantalla, con la esperanza de sentir el calor de su madre al otro lado.

—No fue culpa tuya —soltó Hannah firmemente—. No lo fue.

Shepard comprendió entonces que estaba al borde de un ataque de ansiedad. Uno de los fuertes, de los que no sufría desde hacía años. Mantuvo los ojos clavados en los de su madre, obligándose a respirar hondo y vaciar la mente, agarrándose a su entrenamiento y a las técnicas ya interiorizadas, aprendidas tanto tiempo atrás durante la terapia de rehabilitación. No es culpa tuya, no es culpa tuya, tú también eres una víctima, no es tu responsabilidad. Hannah esperó, de la misma forma que si sostuviera su mano para ayudarla a caminar. Y, poco a poco, la presión volvió a rebajarse y Shepard recuperó la compostura.

—No, no lo fue —susurró, tanto para su madre como para sí misma—. Pero ojalá hubiese podido evitarlo.

—No eres omnipotente, cielo —musitó Hannah, aún rígida—. Ya hemos pasado por esto. Sabes muy bien que no siempre es posible salvar a todo el mundo. Hay miles de circunstancias que escapan a nuestro control. Como marine, no debes olvidarlo nunca.

Shepard tragó saliva, pero su voz siguió sonando trémula cuando volvió a hablar.

—Se han pasado seis años torturándolo, mamá. Seis años. Y nadie se los va a devolver. Lo mínimo que podemos hacer es…

—Exacto, nadie se los puede devolver. Ni siquiera tú, por mucho que te castigues ahora pensando en ello. —Con otro suspiro, volvió a sacudir la cabeza—. Cariño, deseo justicia tanto como tú, pero tienes que poner distancia con este asunto. Por tu bien. Ya has hecho más que suficiente, deja que otros lo investiguen y se ocupen de encontrar a los culpables. Tú tienes tu propia misión que cumplir. La última vez que hablamos me dijiste que… que las cosas empezaban a ir bien otra vez, por fin. Te vi más feliz de lo que creí que volvería a verte nunca. Yo… —Cuando levantó la mirada otra vez, Shepard vio sus ojos brillar—. Juraste vivir y no rendirte nunca, por los demás; pero no es necesario que esa vida sea desgraciada. Ninguno de tus amigos querría algo así. Olvídate de Cerberus y de Akuze, Jo, por favor. No te hagas esto. Otra vez no.

La conversación no había dado mucho más de sí. Poco podía añadir ninguna de las dos que no hubiese dicho ya mil veces, y Shepard no tenía ganas de adentrarse en reflexiones oscuras que sólo preocuparían aún más a su madre. Porque Hannah no había visto la cara de Toombs, ni le había oído gritar que ella no tenía derecho a juzgarlo. Ella, que había salido de Akuze con un par de arañazos y una temible reputación, dejando tras de sí una montaña de cadáveres y a un compañero herido que había pasado años como conejillo de indias, en manos de esos degenerados. Mientras esperaban la llegada del equipo de Hackett y Garrus y Tali mantenían vigilado a Wayne, ella se había sentado aparte con Toombs, hablando, intentando tranquilizarlo, y las cosas que él le había contado…

Tuvo que apretar los dientes aún más, frenando los recuerdos. Aunque le hirviera la sangre por la impotencia, sabía que Hannah tenía razón. Su implicación con aquel caso era demasiado personal, y lo mejor que podía hacer era poner distancia. Olvidarlo. O intentarlo, al menos. Porque en aquel momento, Saren, el Conducto y los Segadores no eran más que simples palabras vacías que flotaban por su mente. Y no se podía permitir algo así. La importancia de su misión era vital, para toda la galaxia. Si el Consejo, Udina o el propio Anderson sospechasen siquiera que su concentración no estaba fija en lo que debía estar, tal vez la apartasen de aquella investigación, enviasen a otro espectro en pos de Saren o, lo más probable, enterrasen todo aquel asunto como si no hubiese pasado nada.

"Por eso has llamado a Mike, ¿eh, mamá? —se dijo, dejando escapar un suspiro—. Aunque no te hubiese contado nada en absoluto, me lo habrías visto en la cara. Más vale prevenir que curar". Parpadeó, obligándose a salir de su ensimismamiento, y se pasó una mano por la frente lentamente. El sudor se le había enfriado sobre la piel, dándole escalofríos. Pero el movimiento devolvió su atención a la omniherramienta aún desplegada y vio que Mike había contestado a su mensaje hacía un par de minutos.

¿PN?


Pesadilla nocturna. Otro de los códigos de su etapa de rehabilitación. Con una leve y triste sonrisa, Shepard tecleó:

Sí. De las que se verían genial en pantalla grande.



Para su sorpresa, el chat le informó en el acto de que Mike estaba escribiendo.

¿Quieres que te cante una nana para quitarte el mal sabor de boca?


Su sonrisa se pronunció un poco más.

Déjalo. Con una pesadilla ya he tenido bastante por hoy.



Qué cruel eres. Que sepas que a tus sobrinas les encanta y me están pidiendo que cante a todas horas.

Pff, son demasiado pequeñas, aún no saben nada de la vida.



¿Pues qué regalito prefiere la señora comandante?
¿Fotos de gatitos? ¿Cachorritos en general?

Sabes que los animalitos no son mi fuerte.



¿Entonces qué? ¿Fotos de turianos en pelotas?


Shepard se atragantó con la carcajada que le sobrevino de improviso y se apresuró a apretarse la mano libre contra la boca, encogiéndose sobre sí misma. Al escribir la respuesta, notó que la vista se le había enturbiado.

¿Tienes de eso? No sé si emocionarme o preocuparme…



No tengo, pero Extranet es grande, ahí se puede encontrar cualquier mierda.

Oye, no te metas con el porno turiano o te reviento.



Una marine espacial amenazando a un civil, qué bonito. Seguro que podrían expedientarte por eso.
Y por lo del porno turiano, también.


Ella se sacudió con un murmullo de risa, relajándose. Pero, en vez de consolarla, la calidez de aquel momento de distensión la ablandó hasta el punto de hundirla en la melancolía. Después de lo ocurrido, hablar con Mike era como hacer una sesión de espiritismo, contactando con la antigua Jo. No era real; sólo era un eco del pasado. Y, por un segundo, la garganta se le cerró, los ojos le ardieron y los dedos le temblaron sobre el teclado holográfico. Tuvo que cerrar el puño para no escribir lo que le venía a la mente. Gracias, te quiero, te echo de menos, ojalá estuvieras aquí, ojalá estuviera allí, ojalá… No. No podía decir nada de eso. Su hermano sabría qué significaba y se preocuparía aún más, igual que su madre. Era un camino que no se podía permitir tomar. Así que respiró hondo y cambió de tema.

¿Qué hora es allí?



Tranquila. Ninguna hora que me impida dar la brasa a mi hermanita.


Torciendo el gesto, Shepard apartó la conversación y lo consultó ella misma.

Ajá. Me apuesto el cuello a que estáis cenando.
Vamos, Mikey, atiende a tus niñas, que a Grace no le gusta que estés chateando en la mesa.



Jossie, no subestimes mi multifuncionalidad.


Y, de repente, se abrió una ventana de vídeo y Shepard se encontró ante la modesta cocina de su hermano y su cuñada, vista desde el puesto que ocupaba él en la mesa. El ruido la sobresaltó. Tisha, la mayor de sus sobrinas, de cinco años, parloteaba sin parar mientras intentaba pinchar torpemente por sí misma la comida de su plato. Al otro lado de la mesa, Grace canturreaba dando una especie de puré a Alice, la pequeña, que sin llegar aún a los dos años todavía usaba una trona.

—¡Decidle hola a la tía Jo, chicas! —La voz de Mike casi parecía surgir de detrás de ella.

—¡Tía Jo! —Tisha se volvió en el acto hacia la cámara, con una amplia sonrisa de dientes diminutos, y estalló en preguntas, saludos, buenos deseos y más preguntas, mientras Alice rehuía la cuchara para hablar también en su jerga de bebé.

Ninguna de las dos tenía la piel tan oscura como su madre, pero sí habían heredado su pelo rizado, en vez del lacio de Mike. Hacía tiempo que no las veía. Estaban preciosas. Grace le dedicó una sonrisa a la cámara también, bromeando sobre la excitación de las niñas. Y, antes de cortar, Mike invirtió la perspectiva para guiñarle un ojo y mandarle un beso.

Cuando el vídeo se interrumpió, la habitación le pareció más oscura, silenciosa y vacía que nunca. Tragó saliva, pero aun así le costó unos segundos recomponerse para volver a escribir.

Están enormes.



Y añadió varios iconos de corazones.

Mike no contestó. Grace y él debían estar intentando reinstaurar el orden en la cocina. Quizá fuera la ocasión perfecta para despedirse. Pero, al acercar la mano a la omniherramienta, sintió que una lágrima le caía en el dorso.

Antaño, cuando Mike le enviaba fotos desde la universidad, con Grace, durante sus viajes o en su ciudad, Shepard le contestaba siempre con otra foto de lo que ella estuviese haciendo. En una estación espacial, en la Academia, de las ampollas que le dejaba el entrenamiento, en la cantina con el resto de sus compañeros. Ninguno de los dos había sido nunca tímido o cerrado, pero si algo les había faltado en su infancia era estabilidad. Él la había encontrado por fin en la Tierra y ella, al alistarse en la Alianza. Allí había hecho los primeros buenos amigos de verdad. Sus amigos del N7, sobre todo…

No había habido más fotos después de Akuze. Borró todos sus archivos personales, incluso en los que aparecía gente que seguía viva. Allí había perdido mucho más que personas, mucho más de lo que ella misma alcanzaba a comprender. No quería ver nada que le recordase a aquella época. Nada que le recordase a Nnamdi o a Yaling o…

Plegando la omniherramienta bruscamente, Shepard dobló las piernas ante el pecho y se encogió hasta hundir el rostro en las rodillas. Normandía. Año 2183. Prioridad: encontrar a Saren. Destino al que se dirigían: Virmire. Tripulación: Charles Pressly, Gregory Adams, Jeff Moreau, Karin Chakwas, Kaidan Alenko, Ashley Williams, Garrus Vakarian, Urdnot Wrex, Tali'Zorah nar Rayya, Liara T'Soni… y recitó para sí los nombres de todos los demás miembros de la Normandía. Hasta llegar a Richard Jenkins.

Y recordar que también estaba muerto.

Basta. Incorporándose, se levantó de la cama de un salto. Basta, basta. Se pasó un brazo por la cara para secarse los ojos y buscó una sudadera en el armario. Basta, basta, basta. Poniéndosela con brusquedad, cruzó el cuarto a zancadas aún descalza y se precipitó hacia el comedor, en busca de algo que pudiera tomar para calmar los nervios y despejar la mente. Pero paró en seco a los dos pasos, porque había gente sentada a la mesa. Ashley en la cabecera, con Kaidan a su derecha y Garrus de pie a su izquierda. Los tres parecían estar charlando. Y los tres enmudecieron y alzaron la vista de golpe en cuanto ella apareció, con caras de haber sido pillados en plena travesura.

El encuentro fue tan inesperado que Shepard se bloqueó. Por un momento, no supo cómo reaccionar. Intentando volver a calzarse su pose de comandante cuanto antes, se apresuró a erguirse, se cerró la sudadera, se cruzó de brazos y soltó, más abrupta de lo que pretendía:

—¿Qué hacéis aquí a estas horas?

No supo si fue por la aspereza de su voz o por el aspecto que debía tener, pero ellos se cuadraron de inmediato.

—Nada —contestaron a coro, con un tono más que sospechoso. Y luego, sólo Kaidan añadió un "comandante" que Ashley y Garrus repitieron demasiado tarde.

Shepard entornó los ojos y Ash se removió, carraspeando.

—El teniente y yo estábamos… ehh, discutiendo el estado de la situación, comandante. Ya sabes, haciendo teorías sobre lo que vamos a encontrar en Virmire y… todo eso. Garrus ya… ya se iba a acostar, ¿verdad, Garrus?

El que carraspeó esta vez fue él.

—Sí. Sí, ya me iba a acostar.

—¿Y usted, comandante? —intervino rápidamente Kaidan—. ¿Necesita algo?

Había una expectación extraña en sus posturas que la hacía sentir incómoda. ¿Tenía los ojos enrojecidos? ¿La cara húmeda? ¿Pinta de haber sido pisoteada por un ejército elcor? Con aire casual, se pasó una mano por el pelo para recogérselo detrás de la oreja y comprobó que lo tenía demasiado revuelto.

—No —contestó—. No necesito nada, podéis… seguir teorizando.

—En realidad —Ashley se enderezó de forma tan repentina que casi la sobresaltó—, estábamos pensando que es mejor no rayarse, ¿verdad, teniente? Para qué echar más leña al fuego. Tenemos que desconectar un rato. Estábamos a punto de empezar una partidita de cartas. Si te apetece…

Shepard volvió a observarlos; tres pares de ojos fijos en ella.

—Jugar a las cartas —repitió—. En mitad del ciclo nocturno.

—Sí —asintió Kaidan, con un leve deje de interrogación en la voz.

—¿Tú no te ibas a acostar, Garrus?

—Sí. —Él los miró a todos y, de repente, se sentó a la izquierda de Ash—. Sí, pero… se necesita ser número par para jugar al shotty. Por ejemplo.

Y de nuevo se quedaron contemplándola, como si esperasen su respuesta conteniendo el aliento. Entonces, Shepard comprendió. Lo que hacían en realidad era montar guardia. Estaban montando guardia allí, delante de su camarote, el mismo día que habían encontrado a Toombs y toda la mierda de Cerberus había terminado de estallarles en la cara. El día que Akuze se le había venido encima, saliendo de la tumba como un espectro, su equipo había decidido mantenerse cerca de ella, por lo que pudiera necesitar.

Fue como recibir una bofetada. La bofetada que necesitaba para espabilarse. Apretó los dientes hasta hacerse daño, con el corazón atascado en la garganta, y se esforzó por ignorar el escozor que volvía a notar en los ojos.

—¿Es que habéis perdido el juicio? —masculló, y los vio tensarse—. No se puede jugar al shotty en una mesa así. Venid a mi camarote, anda. Ahí tengo una más cómoda.

Tan rápido como se habían ensombrecido, sus gestos volvieron a aclararse. Ashley sonrió de oreja a oreja. Los tres se levantaron como impulsados por un resorte y, en el tiempo que tardaron en seguirla de vuelta a su cuarto, Shepard aprovechó para pasarse el puño de la sudadera por la cara, sorbiendo una vez más. La misma habitación que hacía un instante la había impulsado a huir pareció llenarse de luz, ruido y movimiento, mientras colocaban las sillas en torno a la mesa redonda, discutiendo los pormenores de la partida.

—El shotty, ¿eh? Hace años que no lo juego, será divertido recordar viejos tiempos.

—Habla por ti, teniente, yo prefería un póquer normal y corriente. Si vamos a jugar al shotty, a ver cómo elegimos las parejas, porque algunos tenemos una cara más legible que otros.

—¿Eso va por mí, Williams? —Garrus le dedicó un suave bufido—. Pensé que ya serías una experta, estás viéndome la cara todo el día.

—Que te vea la cara no significa que la sepa leer.

—No os preocupéis, yo voy con Garrus —terció Shepard, tomando asiento—. No me asustan los retos.

—Gracias por el voto de confianza, comandante.

—Vale, esto se pone interesante. —Ash dejó escapar una risilla—. Vamos a desplumarlos, teniente.

—Sin piedad, jefa.

Y ambos chocaron los puños por encima de la mesa con camaradería.

—Vaya, vaya —entonó Shepard, cogiendo las cartas que le ofrecía Kaidan y comenzando a barajar—. Garrus, haz el favor de decirle a estos incrédulos que los francotiradores tenemos una conexión especial para entendernos sin palabras.

—Los francotiradores tenemos una conexión especial para entendernos sin palabras.

—¿Es sólo una impresión mía o eso ha sonado un poco fanfarrón? —Kaidan esbozó una sonrisita de buen humor.

—¿Fanfarrón? —Shepard se enderezó y le lanzó a Garrus una mirada elocuente—. ¿Captas lo que significa?

—Perfectamente —asintió él—. Que, como perdamos por mi culpa, me voy a enterar. ¿Y tú captas esto, comandante?

La mirada que le devolvió era divertida, con una complicidad más explícita de lo que se esperaba. Pero también percibió un trasfondo más serio, similar al que compartían en el campo de batalla, cargado de preguntas: ¿estás bien?, ¿cómo te encuentras?, ¿qué necesitas? Aquello la conmovió y le dedicó un leve gesto de cabeza, sonriendo tenuemente.

—Cristalino.

—Vamos, vamos, más jugar y menos fardar.

—¿Asustada, Williams?

—¡El miedo es para los débiles!

Shepard se rio en un murmullo y se quedó mirándolos, intercambiando bromas y pullas, mientras el espejismo de Akuze terminaba de disolverse. Ese momento sí era real. No un parche ni un eco. La calidez de su compañía era un bálsamo auténtico, no un placebo, y calmaba el dolor y la tristeza. La presión que bullía ahora en su pecho era fruto del alivio, no de la desesperación. Porque ninguno de ellos pertenecía al pasado, sino al presente, al aquí y al ahora. Ellos formaban parte de la nueva Jo. Estaban a su lado. Eran su futuro.

En eso debía centrar toda su energía ahora. En esa realidad. Su madre tenía razón, empeñarse en vivir y pasar dicha vida autoflagelándose no tenía sentido. Era cierto que ninguno de sus viejos amigos hubiese deseado verla sufrir eternamente. Si ella hubiese estado en su lugar…

—¿Comandante?

Shepard parpadeó y le dirigió una mirada inquisitiva a Kaidan, que estaba señalándole el brazo izquierdo. El discreto piloto de mensaje entrante acababa de brillar y, recordando que aún tenía abierto el chat con Mike, le pasó la baraja a Ashley y desplegó otra vez la omniherramienta. Él había regresado a la conversación hacía tiempo.

Ya les vale estarlo, ¡no paran de comer!
Perdona el retraso, pero Tisha se ha empeñado en que quería cantarte la nueva canción que ha aprendido en el colegio y no me ha parecido el momento oportuno. Ha habido un pequeño drama.

¿Jossie?

… Espero que hayas ido a buscarte el porno turiano por tu cuenta.


Ella se atragantó con el último comentario y los demás volvieron a tensarse.

—¿Alguna noticia? —inquirió Ash.

—¿Ha pasado algo? —preguntó Garrus al mismo tiempo.

—No, no, tranquilos. —Shepard agitó una mano, todavía con la risa atravesada en la garganta—. Es de mi hermano, estaba hablando con él hace un rato.

La mención a Mike arrancó expresiones de sorpresa a Garrus y Kaidan, pero Ash exclamó con socarronería:

—¡Oh! ¿El mecánico?

—Ese mismo —sonrió ella, y tecleó:

No ha hecho falta, mis chicos me han montado una timba nocturna para levantarme el ánimo.



Y, tras dudar un segundo, abrió la cámara, se giró en la silla y alzó el brazo, para enfocarlos a los cuatro lo mejor posible.

—Sonreíd para la foto, chicos.

A través de la pantalla, vio cómo los demás se inclinaban, colocándose a su alrededor. Ash sonriente, Kaidan curioso y Garrus desconcertado. Pero, rodeada por ellos, su propio gesto no parecía tan demacrado y echo polvo. La sonrisa que ella misma esbozó fue sincera.

Se la mandó a Mike de inmediato y sintió una emoción extraña al ver a aquella foto solitaria instalarse en la carpeta vacía de archivos personales. Fue como romper una barrera emocional. Un gesto minúsculo que había supuesto un paso enorme. Tendría que pedirle a Tali que le pasara la galería completa que hizo en Eletania, para rellenar más hueco.

—No tenía ni idea de que tuvieses un hermano, comandante…

—Lo mantiene en secreto porque es la oveja negra de la familia.

—¿También es militar?

—No, es civil; podéis sentiros orgullosos, sólo la gente más cercana conoce su existencia. —Y Shepard se dio cuenta de que era verdad: aparte de Ashley y su madre, no había hablado de Mike con nadie en años.

La respuesta de su hermano no se hizo esperar.

Wow, tus bebés también están enormes, se ve que los alimentas bien.
Pero no hay muy buena luz ahí, tendrás que mandarme más fotitos para verlos mejor…


Shepard amplió su sonrisa, sintiendo cómo se terminaban de aflojar todos los nudos.

Tranquilo. Las habrá.



Ambos se despidieron con una retahíla de iconos incoherentes y, tras cerrar el chat y la omniherramienta, respiró hondo y dio una palmada.

—Bien, ¿todavía no has repartido, Ash? ¡Venga, que quiero haceros morder el polvo!

Y el jaleo se desató, salpicado de bromas, provocaciones y risas, barriendo los fantasmas hasta del último rincón.
 
 
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